miércoles, 13 de febrero de 2013

Por minutos

Hace tiempo pensaba que todo era sencillo, que no existían lo problemas en el mundo en el que vivía. Creía que la comida se hacía sola, que para limpiar la casa habría que dar a un botón que tuviera esa función, y, también pensaba, que para sufrir hay que ser tonto. Pero a medida que el tiempo pasa, me doy cuenta de que nadie preparará la comida mientras no sea yo quien lo haga, que nadie limpiará la casa si soy yo la que la ensucia; y por supuesto, me doy cuenta de que sufrir,sufrimos todos.
Pues, cuando eres pequeño, las cosas no se ven igual que cuando creces. Todo es distinto.
De un día para otro, como por arte de magia, todo cambia: Dejas de comer con babero, dejas de usar un sillín para el coche, dejas de dormir con un peluche al que abrazarte, dejas de entenderte con tus padres, dejas la virginidad a un lado, dejas tus estudios, dejas tu carrera, dejas tu trabajo; y finalmente, dejas tu dentadura para morir en paz de anciano. Las cosas cambian en poco tiempo. Perdemos el control de nuestra vida para que sea el destino quien lo tome por nosotros.
La respuesta a lo que sucede es sencilla, madurar, se madura en un instante.




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